lunes, 5 de enero de 2009

Mas aportes

Cavilando
Por Yamandú Sosa

Los invito un momento a examinar las cosas que se dan en un picado clásico de campito.
En primer lugar en la pisada para elegir los cuadros, uno aprende a valorar y ser valorado por lo que en realidad es sin eufemismos y a aceptar esta situación y a trabajar para tratar de cambiarla si es necesario. No hay un líder, técnico o profesor que “manda” u organiza, no hay uno que ordene o “maneje” las situaciones a su criterio personal.
Hay que ganarse las cosas por el merito de los echos dentro del grupo humano en cuestión.
Eso implica crecimiento y desarrollo de los involucrados.
En el juego los grandes tendrán que aprender a proteger a los chicos y los chicos a protegerse y tender alianzas que los protejan. Nadie puede privar a nadie de que pegue una patada. Hay que aguantar y saber como defenderse. No hay tarjetas rojas. Nadie saca a nadie como no sea por la por la practica vía de los hechos. No hay ambiente artificial que proteja “protegidos” por razones especiales y hay que revolverse enfrentando la realidad pura y llana que gobierna las relaciones humanas.

El hábil se vuelve guapo o deja de ser hábil. El fuerte desarrolla su liderazgo. El mediocre buscar su forma de volverse útil. Las amistades se afianzaran y las rivalidades tomaran forma viril en el choque en el que no hay hijos ni entenados. Surgirán enconos y lealtades. El que arma lió deberá asumir, pues no tendrá 15 que lo separen a los 5 segundos. Como no existe la figura autocrática y autoritaria del juez, se cobran los propios jugadores lo que producen un choque de personalidades que los hacen crecer poderosamente. Se desarrollan esa autoridad natural que luego permitirá dentro de la cancha ciertas libertades. Las dinámicas de los grupos humanos no son estrictamente lógicas y coherentes como parecen creer algunos.
Luego cuando llegamos a la actividad reglada y competitiva estos desarrollos de personalidades se vuelven fundamentales. En la estructura grupal que se plantea en un partido bajo la disputa de un campeonato y ante una tribuna repleta, la situación de presión moldea de diferente forma cada espíritu.
En las duras escuelas de la vida se forman normalmente los que mejor saben aprovechar las oportunidades que brindan estas situaciones.
En el último clásico del fútbol uruguayo muchos periodistas se rasgaron las vestiduras por el hecho de que a O.J. Morales no le hayan sacado tarjeta roja por la violencia con la que gobernó el mediocampo. ¡Mala memoria tienen y muy escasa capacidad de análisis! Driblear el reglamento sin que te expulsen es un arte que brindo a nuestro fútbol mil batallas ganadas. Es una habilidad tan noble y valiosa como otras. Es un arte en toda la dimensión que esa palabra lleva. Renegar de ella es renegar de las más grandes victorias del fútbol uruguayo. Y es un arte que tiene todo que ver con la antedicha formación que brinda el campito. Permítaseme sacarme el sombrero aquí ante algunos jugadores que en cualquier cancha supieron ser maestros en el noble arte que eludimos: José Nazazzi (el jugador mas exitoso de todos los tiempos), Obdulio Varela, el Mono Gambetta, el Indio Olivera, etc., etc., etc.
Observara el lector que todos ellos son campeones del mundo.
El fútbol es mucho mas que técnica y táctica y ese plus extra para la victoria no se genera solamente en una escuela de fútbol donde los que dirigen mandan, planifican y deciden en una ordenada estructura de trabajo para nada parecida a las caóticas cirscuntancias de un partido.
Por otra parte, quien manda en esas instituciones donde se enseña técnica y táctica del fútbol, suele caer en la soberbia de exigir que los problemas se resuelvan solo de esa manera. Todos le pegan de la misma manera, todos pasan de la misma forma. Todos se mueven de acuerdo a una táctica predeterminada. ¿Dónde nos queda la creatividad? ¿En que sitio se desarrollan las personalidades?. El fútbol brasileño, lamentablemente más inteligente, supo ver lo que nosotros no supimos y en gran medida ha corregido lo que no tenían en base a la habilidad de ser buenos aprendices. A enseñarles como hacen lo que hacen llevaron durante años a jugadores como Rocha, Rodolfo Rodríguez, Darío Pereira, Hugo De León, etc., etc.
No fueron exitosos allí por su “jogo bonito”, sino que fueron a enseñar y aportar lo que en nuestro fútbol a comienzos del siglo XX floreció naturalmente.
En este momento, hoy en día hay dos olimareños que luego de terminar su carrera como futbolista, se quedaron enseñando en divisiones inferiores y en esa actividad son mantenidos y muy bien pagos hasta hoy en día: Víctor Diogo y Colacho Ramírez.
Les puedo asegurar que tienen para enseñar muchas mas cosas además de la técnica con que se le pega a la pelota.
Cuando se desarrolla algún concepto lo más fácil es discutirlo desde posiciones antagónicas. No es mi intención en este caso y me gustaría evitarlo. No estoy que el fútbol no necesite técnica y táctica ni que las escuelas de fútbol no sirvan para nada. No pienso que sean cosas antagónicas, pienso que son complementarias. Cuando polarizamos las discusiones toman la forma de luchas torpes y6 ciegas que en la generalidad de los casos a nada conducen. Lo que afirmo aquí es que a la hora de los análisis existen cosas determinantes en el resultado de un partido que se quedan fuera de las retroalimentaciones.
Para algunas de estas cosas el campito, las playas, han demostrado funcionar desde hace muchos años de manera excelente.
En lugar de ignorar el tema y ante el echo que los campitos y el tiempo para usarlos se termina, gran parte de un análisis serio ante la intención de ser un fútbol de ganadores, tendrá que volcarse para ver como hacemos para sustituirlos.
Además para el fútbol olimareño históricamente perdedor, seria instructivo y aleccionante estudiar como hizo el fútbol brasileño, absolutamente perdedor hasta 1954, para revertir ese contexto.

No hay comentarios: